Era una superviviente.
Me la encontré una noche fría y oscura de camino hacia el Sur, ella hacia
autostop y yo llevaba quizás demasiado tiempo conduciendo solo, sin nadie con quien hablar, de modo que no me pareció mala idea recogerla. En un primer momento me miró con una extraña expresión desdibujada en su rostro, una mueca indefinida, una sombra desconfiada oscureciendo su mirada, pero luego se acercó tras tirar lo que le quedaba de cigarrillo y aplastarlo con su pie.
—No serás un pervertido, ¿verdad?
Sonreí sacudiendo la cabeza mientras me esforzaba por no mirar hacia aquel amplio escote, fracasé, y ella me dedicó una ínfima y escueta sonrisa.
—Yo soy Suzie —dijo humedeciéndose los labios—. Suzie Q, como la de la canción.
—Ajá —mascullé observando cómo se sentaba a mi lado.

Durante los cuarenta kilómetros siguientes se encargó de ponerme al tanto de las circunstancias de su viaje, fumando en cadena un cigarrillo tras otro, y contándome cómo unos gallegos que viajaban en compañía de una polaca la habían dejado tirada en una estación de servicio. Me hablaba del camionero que le exigió una mamada para sacarla de allí, sonreía sin quitarme ojo al contarmelo, y del grupo de músicos que se turnaron para follársela en la parte trasera de la furgoneta con la que estaban de gira.
—Pero tampoco es que eso me moleste demasiado —aseguraba apoyando su mano en mi muslo—; comprendo que debo pagar de alguna manera el billete.

Me convenció para detenernos en un motel cerca de Zamora, decía que se me veía cansado, y acabé pidiendo una habitación doble porque al parecer ella no tenía dinero. Ni un puto duro, me dijo. Y cuando me quise dar cuenta ella se encontraba en la cama desnuda, a oscuras, luciendo todos aquellos tatuajes, y sin dejar de fumar aquellos jodidos pitillos mentolados mientras yo trataba de controlar la erección que pugnaba por arrebatarme el control de mi cuerpo. Mi voluntad. Y supongo que no fui lo suficientemente fuerte porque acabé en la cama con ella, embriagado por el aroma que florecía de entre sus piernas, con la culpa carcomiéndome porque no podía parar de pensar en que al día siguiente debía recoger a mi esposa y los niños en Cadiz para volvernos a Asturias.
Por suerte, a la mañana Suzie Q ya no estaba cuando desperté.